Los primeros años de vigencia de la Constitución de 1925 coinciden con un periodo de anormalidad institucional: a partir de 1927 Chile vive bajo la dictadura del general
Carlos Ibáñez y la caída de éste, en julio de 1931, se abre durante más de un año una etapa de gran inestabilidad política.

A finales de
1932, asegurado el retorno de los lineamientos constitucionales, Chile se enfrenta a un periodo prolongado de vigencia de los principales democráticos burgueses, con distintas modalidades políticas, como el gobierno Izquierdista del Frente Popular en 1938; gobiernos radicales en 1942 y 1946 que alinean a Chil
e junto a Estados Unidos en el contexto de la Guerra fría; una experiencia nacionalista populista en 1952 con el regreso de Ibáñez como gobernador constitucional; un gobierno liberal ortodoxo encabezado por Jorge Alessandri en 1958; la administración democrática cristiana de Eduardo Frei en 1964 que propone una "revolución de la libertad"; este será el antecedente inmediato del gobierno de la Unidad Popular.
Así la Unidad Popular se constituye en 1969 teniendo como integrantes a seis partidos políticos, a los que se suma en 1971 la Izquierda Cristiana. El sistema político chileno se caracterizaba además por ser particularmente exigente en relación con la estructura de adopción de decisiones.

La crisis del sistema político en las décadas de los cincuenta y los sesenta, y el conflicto que sostuvieron con el Parlamento chileno los tres jefes de estado, antecesores de
Salvador Allende, fueron el reflejo de la polarización progresiva de la sociedad chilena y del carácter incompatible de los intereses que subyacían tras los modelos políticos antagónicos.

El gobierno popular no fue fruto de un azar electoral, ni paréntesis ajeno a la evolución histórica de Chile. Marcó un punto de culminación en el largo proceso de lucha de los trabajadores chilenos, que supo antes de otras derrotas y que no detiene, aun en las circunstancias actuales, su aproximación al triunfo definitivo.
La temprana concentración proletaria en las salitreras del norte, y de campesinos sin tierra en las grandes explotaciones magallánicas del extremo sur, motivaron el surgimiento impetuoso de las organizaciones sindicales y políticas de la clase obrera y los trabajadores. Así recorrió el pueblo chileno los propósitos de afirmar un esquema de desarrollo en capitalismo y dependencia, bajo la hegemonía de una burguesía nacional modernizante y con ciertas aspiraciones de autonomía, imponiendo el triunfo del frente popular en 1938 y la presidencia de Pedro Aguirre Cerda. 
A punto de conquistar un triunfo electoral con Salvador Allende en 1958, sufrió las consecuencias del periodo presidencial de Jorge Alessandri, quien como símbolo caracterizado de la gran burguesía nacional estrechó su alianza con los intereses del imperialismo norteamericano, facilitando la extensión de su presencia directa desde el dominio tradicional de recursos naturales y básicos a la industria y los servicios financieros; y de nuevo el fracaso y las acciones represivas para debilitar la defensa de los trabajadores y callar sus demandas. 
Fueron las inspiraciones programáticas de Eduardo Frei, el más completo y consecuente proyecto reformista, y la traducción más fiel a un caso nacional latinoamericano de los planteamientos de la Alianza para el Progreso como base de las relaciones entre el imperio y su periferia dependiente.
Aún con una amplia base social de apoyo, el respaldo más absoluto del imperialismo norteamericano, y una afluencia de capitales que llevó a límites muy avanzados la extranjerización de la economía chilena, altos precios del cobre, no pudo romper con el cuadro de agotamiento de un sistema capitalista dependiente.
Tras la diversidad de las formas políticas con que se viste, el esquema de desarrollo que fracasaba con Frei fue en su esencia el mismo que sumió al pueblo en la miseria bajo la represión descarnada de la dictadura.
Por eso se dispuso en 1970 a emprender un camino consecuente con esa experiencia, un camino de liberación, de sustitución del capitalismo dependiente por el inicio de una transformación socialista, de profundización auténtica de su desarrollo democrático a través de nuevas formas de participación y de poder popular. 
De esa convicción surgieron el programa de la Unidad Popular, el triunfo del compañero Allende y su instalación como Presidente de Chile. En el plano económico, los resultados en una primera etapa, mostraron no sólo la viabilidad del proyecto sino que, además, llegaron a ser notoriamente exitosos. Para 1971 el producto nacional aumento más del 8 por ciento, expansión que se aproximó al 13 por ciento en el caso de la industria manufacturera.
Tuvo lugar una apreciable redistribución progresiva del ingreso real de los trabajadores y un acenso notorio en el nivel de vida y los consumos esenciales de las masas. Sin embargo, en 1972 las tendencias económicas ascendentes se quiebran, coincidiendo con cambios en las orientaciones centrales de la política económica del gobierno.
Hubo, ciertamente, equivocaciones y debilidades graves en la conducción política del proceso; situadas desde el plano más general de las concepciones estratégicas y su traducción en las conductas tácticas, hasta los más específicos de determinados frentes de acción política y administrativa.
El problema estuvo en que, cuando se modificaron las condiciones generales de la lucha social y de los propios parámetros económicos, había que hacerse cargo más directamente de que no se podía persistir en una política económica que no contaba ya con las condiciones necesarias para su continuación.
Por ello los errores económicos más importantes se sitúan en el plano político que en el propiamente económico, es decir, no tanto en el plano de la política económica, sino más bien en el de la economía política.
Además, tendieron a ver en las condiciones que creaba el Gobierno Popular un periodo particularmente propicio para el fortalecimiento y desarrollo del Partido más que del proceso mismo, lo que desde luego, involucraba cierto grado de competencia con las demás organizaciones partidarias de la misma coalición de gobierno; a ver en el periodo de Allende la circunstancia transitoria, respecto de la cual era más importante afianza al Partido en la perspectiva de su papel permanente; y a considerar en conciencia que podía disociarse el futuro próximo del Partido respecto de lo que fuera la suerte del gobierno.
Sólo en términos de esa concepción sobre las relaciones entre partido y gobierno es que pueden explicarse muchos acontecimientos, que sin duda tuvieron alguna influencia en el desenlace de la derrota. No es de extrañar que tales actitudes de dirección política fueron caracterizando un creciente distanciamiento das y de las bases militantes de los propios partidos.
“el 8 de abril de 1972, ante una concentración de más de medio millón de personas, Allende planteó por primera vez en público el agotamiento de una forma de estado [...] El 5 de septiembre siguiente, en un acto público, Allende evocó ante el gobierno en pleno y varios miles de cuadros dirigentes de la UP la necesidad de reemplazar las instituciones del Estado y del régimen jurídico-institucional. Pidió la organización de un amplio debate sobre el particular a nivel nacional [...] Sólo el MAPU y la Izquierda Cristiana, los [partidos] más pequeños, manifestaron por escrito que aprobaban la iniciativa y el contenido del proyecto de reemplazar las estructuras del Estado. El resto nunca se pronunció de modo explícito y categórico. No aprobaron el proyecto ni lo rechazaron. Tampoco lo reemplazaron por otro. Allende, solo, continuó planteando en sus discursos lo esencial [...] se refirió a la necesidad de plantear el cambio de las instituciones del Estado...”
Pasado el primer año, en el que la movilización del pueblo mantuvo a raya, con éxito, una reacción atomizada y dispersa del gran capital, no fueron capaces de elevar el poder de los trabajadores a niveles cualitativamente superiores; no supieron entender el cambio que se produjo en la reacción de la minoría poderosa, ni de sus alcances.
En la practica comenzó a imperar la política económica de la gran burguesía, y fue ante ella, que reaccionaron sectores importantes de las capas medias y algunos sectores de trabajadores. En apariencia, el golpe militar se produjo también como reacción a esos mismos efectos.
Pero en verdad sus motivaciones eran otras, como quedó pronto de manifiesto: en lugar de dirigirse contra los causantes de tales efectos, respaldando una política que podía sacar a Chile de la miseria y el estancamiento, se dirigió contra quienes los sufrían, y respaldó a la contrapolítica que los creaba.
Así pues la verdadera razón del fracaso del Gobierno Popular reside en la incapacidad política que tuvieron para vencer la resistencia de los sectores privilegiados e impedir la aplicación de su contrapolítica; en la incapacidad para aplicar con más fuerza la política propia, haciendo que sus efectos primaran sobre aquella.
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